Segregación, lenguaje y soledad (Noviembre 2007)

Teodoro Pablo Lecman

Echado de siete países, vi
que se obstinaban en sus viejas locuras.
Alabados sean los que evolucionan
para seguir siendo así mejor ellos mismos.
Bertolt Brecht, Poemas.

INTRODUCCION

¿Cuál es la patria del hombre?: allí donde se está bien, decía un poeta(2) citado por Cicerón como ejemplo de los materialistas que no tienen sentimiento patriótico.

A esta altura del partido, la experiencia histórica de las multitudes de seres miserables peregrinando en busca de una tierra donde sobrevivir o vivir mejor, huyendo de las guerras, las persecuciones o el hambre; experiencia misma de toda la especie humana (quizás originada en Africa y migrando de allí a todas partes), esa experiencia nos inmuniza contra el cuco de los nacionalismos.

En este siglo de descolonización relativa, y en el contexto actual de globalización y segregación crecientes, el mapa del mundo exhibe con mayor agudeza el fenómeno del multiculturalismo y el plurilingüismo, junto a sus antítesis: la transculturación y la pérdida del idioma, el desarraigo y la soledad.

Un artículo de Cambio 16 mostraba que hay más o menos 7 centros de atracción migratoria en todo el mundo: América del norte, Argentina respecto a los países limítrofes, Europa del Oeste respecto a Europa del Este, Francia, España e Inglaterra respecto a Africa, el sudeste asiático, Oceanía y algún otro.

Sabemos, por otro lado, por el psicoanálisis, que el ser humano está desgarrado por la nostalgia de una patria originaria, un paraíso perdido, identificado a veces con la infancia o la felicidad, que viene a recubrir su desamparo fundamental, su Hilflosigkeit. Desamparo donde los otros intervinieron con su cuidado y su consuelo, en el mejor de los casos, constituyéndose así en indispensable fuente libidinal.

Pero la rápida constatación de la pérdida del otro, de su falta inevitable, dejan de nuevo a la criatura a expensas de la soledad y la angustia.

El lenguaje, lengua materna, que rápidamente envuelve al niño con las palabras del otro, lo acuna y lo interpela, le enseña y le oculta, lo pierde y lo encuentra (Fort-Da), es un poderoso territorio contra el olvido. La patria de un hombre es su idioma, habría dicho Octavio Paz(3).

Los exilios, interiores o exteriores, obligados o voluntarios, o el simple exilio de vivir en un mundo que no es el paraíso, encuentran al individuo acompañado por su lengua, en la que lo último que olvidará será su nombre(4), y donde, desde el da-da hasta el estertor, desplegará la inmensa panoplia de sus argumentos, sus incoherencias y sus hallazgos.

Dice Philip Roth: “Por primera vez tuve conciencia de la voz en la escritura, supe que uno siempre habla en un lenguaje específico (…), mi propio lenguaje tiene sus raíces en mi barrio. Despojar de sus clisés a la voz de nuestra madre o explorarlos”. Explorarlos es lo que hace Natalia Guinzburg en Las palabras de la tribu (Lessico famigliare)(5), para sortear la nostalgia, el fascismo, la guerra, la tortura y la muerte, recorriendo la trama familiar.

Lengua y voz envuelven al individuo en su laminilla (su lamelle), lo libidinizan, pero también lo acucian a veces con sus mandatos o sus imperativos delirantes.

Debe trabajar y amar entonces, escribir y reescribir su historia con ayuda de las Moiras o de las “morás”(6), hacer sus inscripciones psíquicas, y, eventualmente, hasta escribir al fluir de la tinta(7).

Otro escritor(8), sin embargo, recalca que el escritor bueno delimita su zona y sabe que no puede narrar cualquier cosa. Porque tiene su propio idioma y necesita traducir todo lo que imagina a su propio sistema simbólico.

Circunscripción que puede llegar a aislarlo, a menos que al cantar su aldea cante todo el mundo.

Con todo, no se puede escapar de la condición ajena aún de la lengua materna, ya que el idioma es de todos pero de nadie, ni de la confusión de las lenguas: la torre de Babel, símbolo de la ambición del hombre y también de su aspiración a una lengua única, imposible. Nemrod, el constructor de la torre, es condenado en la Divina Comedia de Dante a hablar en el Infierno un idioma que nadie entiende.

Recuerdo que antes de viajar por primera vez a Europa desde Argentina, soñé repetidas veces que estaba en Europa, pero que se hablaba castellano: tan cierto que estás en Europa como que se habla castellano, y que este sueño lo estás soñando en castellano.

Sin embargo, logré realizar este sueño y llegué a tocar Jerusalem, tierra transitoria de mi padre que, de olvidarla, el mandato amenaza con hacerme olvidar mi diestra y pegarme la lengua al paladar.

“Y cuando yo no soy para mí mismo, ¿quién soy?..”.

Pero la errancia no se detuvo ni fue suficiente: París, San Petersburgo, Roma, Viena, etc. terminaron devolviéndome a la náusea de Buenos Aires, no descripta por Sartre, quizás tocada por Roberto Arlt y Oscar Masotta.

SEGREGACION

La segregación es una operación básica, lógicamente anterior a los fenómenos de discriminación, racismo, etc. Basada en la letra, de por sí segregativa(9), y oponiéndose a la tendencia gregaria(10) típica del animal, la segregación es constitutiva de toda humanización, y encuentra en el rostro de la madre el principio de un consuelo para la angustia(11).

Angustia que quizás luego se extienda a la máscara social(12), configurando por un lado el bando de los elegidos de la máscara aceptable (camisas negras, skinheads, embozados, uniformados, tatuados, etc.) y los réprobos de la máscara angustiante y odiada (el color del negro, la nariz del judío, la cara plana del boliviano o el oriental, etc.). Esta cruzada contra el otro encontrará su expresión máxima en la feroz lucha de facciones de la guerra y su crimen puntual, su intento de abolir el ser distinto, en la xenofobia.

Seamos claros: antes del reconocimiento o el repudio del rostro del otro y el ataque a su cuerpo estuvo la svástica y la estrella de David, la cruz y la media luna, la C o la D de Caballeros o Damas, la A o la B de clase A o clase B, el número tatuado en el brazo del campo de concentración o simplemente asentado en un registro… Las mismas iniciales del nombre y el apellido segregan a los cuerpos en las marcas de lo conciliable y lo inconciliable. Pero también la totalidad de la lengua sirve como marco segregativo(13).

La sociedad tecnocrática actual intensifica la segregación a múltiples niveles, y esto bajo la responsabilidad decisiva del discurso de la ciencia. La globalización, la unificación del campo mundial en el mercado, bajo su enorme presión totalizadora, acentúa paradójicamente el narcisismo de las pequeñas diferencias: al apretar, al ajustar, clava las púas de los individuos, de los grupos y de las etnias unas contra otras sin que se ponga allí en juego la riqueza de su diversidad cultural sino el odio de lo diferente en medio de la presión de lo mismo. Aparecen así una serie de polaridades aparentemente contradictorias que dibujan las coordenadas del campo en que la subjetividad, los grupos y las instituciones actúan y se forman: globalización – concentración; masificación – soledad; privado – público; tribu-marginalidad; etc.

Esta situación agrava el sufrimiento a nivel de lo subjetivo, lo grupal y lo institucional, aún bajo las formas paradójicas de lo “posmoderno” (el consumo, el poder del momento y el triunfo, formas que ya M. Klein asignaba a la manía). Se verifica así el incremento de algunos cuadros o fenómenos como la psicopatía, la depresión, la fobia, el pánico, la anorexia-bulimia, las llamadas psicosomáticas.

El análisis fragmentario de algún caso y el problema teórico de la identificación nos permitirían apoyar esta hipótesis, pero no es esta la oportunidad para hacerlo.

La extensión del campo de la identificación, la creación de nuevos emblemas y agrupaciones en lo colectivo quizás permitan contrarrestar en parte la tendencia segregativa. Y aclaramos que no se trata del mero uso o intensificación de las llamadas “redes”, sino del compromiso activo de los sujetos en la constitución de las identificaciones y los emblemas en lo singular y lo colectivo.

La relativa facilidad para las migraciones que ofrece la situación actual, como consecuencia de las descolonización, la globalización y la reconfiguración constante de los actores y factores económicopolíticos (caída del muro de Berlín, crisis asiática, euro, etc.) en función del mercado, incrementa la posibilidad de segregación y de soledad.

Encontramos así en algún número más o menos reciente de L’Information psychiatrique, revista de los psiquiatras de los hospitales franceses, la preocupación por síndromes psicopatológicos específicos que se producen en los emigrantes magrebinos. Ya antes, Jaspers había inventado el Heimweh, la nostalgia por el hogar, como fundamento explicativo de los casos de homicidios de criaturas a su cuidado por sirvientas desarraigadas de su lugar de origen.

Recuerdo, en mi experiencia, el caso de una internada diagnosticada como esquizofrenia paranoide, hija única de padres gringos, emigrados, que al ponerse a cuchichear entre ellos a toda velocidad en yiddish, producían una fuerte sensación de encierro y encriptamiento. Como correlato, en el delirio de la hija, voces nativas la trataban de salame, distorsión injuriosa de su nombre, pero también cifra de su origen (¿por qué no también shalom o salem aleikum?).

Del lado del analista o del terapeuta, Erikson mismo demuestra en su relato autobiográfico que su inclinación al estudio de la identidad obedece a su condición de “inmigrante”, término que todavía no había cedido ante el de “refugiado”, y a los problemas que planteaba la tríada emigración/inmigración/americanización, donde una opción era que las tradiciones podían ser suplantadas por la nueva identidad común de self-made-man de la ideología americana.

SOLEDAD

La segregación y la migración traen, evidentemente, un incremento del sentimiento de soledad, existiera éste previamente o no. Sentimiento que podemos definir con la inmejorable expresión de M. Klein como la nostalgia por una perfecta compañía inalcanzable. Y que encuentra una vuelta pintoresca en el comentario de Cozarinsky: según él, Losey decía que en Europa estaba a gusto porque se sentía en su casa en el hecho de no estar en su casa, lo que supone lo inverso: no sentirse en casa en el propio país. “A mí me gusta mucho más la Argentina desde que no vivo en ella”, dice Cozarinsky.

Entre la tierra a la que se va y la tierra de la que se viene, sujeto al vaivén de las ilusiones y los recuerdos respectivamente, se establece un territorio virtual, un espacio de desrealización que tan bien describiera Freud en su texto sobre la Acrópolis, o que se le presenta al simple turista cuando, al cotejar la imagen que tiene y ha cultivado largamente con el original, sufre una desilusión al estilo de : “¿era ésta la famosa Opera de París?”, y se pone a mirar repetidamente la foto o el plano, encontrándolo siempre más prometedor que el original. La condición misma del turismo parece actualmente más definida por la corroboración de una imagen y la existencia de un espacio virtual que por el descubrimiento de algo nuevo o muy anhelado

Espacio de desrealización, el del exilio, la inmigración o el viaje, no-man’s land que coincide con la soledad y la desperzonalización en aquel borde de la propia persona en el que su no-ser y la falta que constituye su deseo fugan hacia el espacio imposible y alienante de los deseos y el amor, porque nunca sabremos cuando seremos otros, y cuando lo seamos estaremos totalmente disueltos en la radical alteridad de la muerte.

Cambiar para ser otro, viajar para ser otro, conocer algo nuevo para ser otro, son alter-nativas que enfrentan al sujeto con su radical soledad. Pero si hablamos de soledad radical es porque, en el fondo, no se puede volver a ningún lado idéntico a sí mismo en el tiempo y en el espacio: ni a las personas, que ya no son las mismas, ni a las cosas, que se desgastan o son demolidas, o simplemente pierden su antiguo significado en el tiempo, ni a uno mismo, que ha cambiado y ya no está.

Así, si la carta no encuentra al destinatario porque se ha mudado, al volver al remitente tampoco lo encuentra, ya que no es el mismo.

Sumido en una “identidad de vidrio”, el emigrante puede ver cristalizada su soledad, puede sentir que se pierde y se disuelve en el inmenso panóptico concentracionario de la cultura actual de mercado. In extremis, la alucinación de tener el cuerpo de vidrio de la despersonalización esquizofrénica, más allá de su obvia referencia a un congelamiento o una insensibilidad psíquica, muestra también la fijación en el ojo, en la mirada, coagulando la dialéctica de los objetos de la pulsión en uno muy especial en el que convergen muerte y castración. Habrá que movilizar entonces el punto ciego de la mirada, para que las cuencas vacías recuperen la libertad, a lo Miguel Hernández, y para que el mundo inmóvil del bobo de Coria de Velázquez pierda su carácter absoluto, mortal y fascinante.

LENGUAJE

“Me han cortado los cabellos hasta el lenguaje” dice un esquizofrénico de Henri Ey. Y sabemos que la salida o la permanencia en algunos países implica cortes de pelo, distintas clases de tijeras y de censuras.

La conservación de la lengua materna, como decíamos al principio, es un poderoso territorio contra el olvido y el desamparo. Con mayor razón, en cuanto a lo colectivo, toda comunidad transplantada, o implantada o reivindicadora de una autonomía requiere la conservación de su lengua y su cultura. Silvia Bolotin cuenta que era “un goce especial poder analizar en castellano” estando en París. A la inversa, Arnold Zweig, en su correspondencia con Freud, muestra su dolor por no poder conservar su alemán en Palestina.

En otros casos, como el de Héctor Bianciotti o el de Joseph Conrad, la conversión a otra lengua puede ser total y exitosa, pero no es lo común, sino la excepción.

Por otra parte, el inconsciente es translingüístico, como se lo manifiesta Freud a Joseph Wortis (mercenario norteamericano campeón del coma insulínico y de la psicología soviética que viene a analizarse y a espiar a Freud). Puede acantonarse en otra lengua (recordar Estudios sobre la histeria), pasar de una lengua a otra y hasta inventar su propio lenguaje. Sin embargo, esto no quita que la lengua materna es la condición ineludible del inconsciente estructurado como un lenguaje, pero soportándose en el cuerpo y con el cuerpo.

En resumen, que la patria primera y última es el propio cuerpo. Claro que éste en el campo humano tiene una capacidad simbólica que le es inherente: cuerpo hablante. Lo que nos provoca desconcierto y hasta un dilema ético. Porque cuando ocurre que alguien va a partir hacia la tierra de los muertos y ya ha perdido la capacidad de la palabra (p.ej, está caquéctico), se puede escuchar a alguien muy cercano, y por lo tanto depositario en parte de su historia: “éste ya no es Fulano”. Es su despojo. Dilema también de la “buena muerte”. Pero ésta linda más con el dolor de existir y su límite. En cambio, el rechazo del despojo asimbólico del cuerpo es efecto de una idealización que no reconoce en ese cuerpo mudo la gozosa, piadosa, patética condición de la carne, empaquetada y desempaquetada por la laminilla libidinal, pero fuente en definitiva de toda auténtica reivindicación materialista…

Pero, entonces, con más razón, hablar y escribirse es dejar el rastro, conmemorar y enamorar debidamente las fiestas de ese cuerpo mortal.

La lengua nos permite trascender, no divinamente, sino configurando la tarea de la transmisión en la cultura. Con mayor razón aún cuanto que, tanto por la interrupción de la muerte, como por la amnesia que determina la represión, la historia se escribe y se reescribe como un palimpsesto (o un paleoincesto), con tachaduras, borrones y lagunas. De este modo podría llegar a pensarse que “No habrá memoria de lo primero y tampoco de lo postrero en los que vendrán después” y que todo es vano. Pero unas líneas más adelante, el mismo texto muestra cuál es el verdadero motivo del olvido: “el que agrega conocimiento agrega dolor”.

A pesar de este obstáculo, la relación del sujeto humano con la palabra es tan fundante que callar no oculta el ruido ensordecedor del trauma, que el silencio mortal y absoluto de los cuerpos que caen no debe confundirse con la mordaza y la venda puestas por el verdugo al ejecutarlos. Ni la ceniza y el polvo de nada que al final seremos, con la sustracción (desaparición) de los cuerpos por parte de los ladrones de la historia (todavía puede verse un video en que Videla hace un gesto tipo voluta de humo o prestidigitación con la mano mientras dice: “el desaparecido no existe, no está, no tiene entidad…”).

Se necesita el cuerpo para hacer el duelo, se lo necesita para el amor, y se necesita la verdad para transmitir la antorcha, la posta de las generaciones. Toda sustracción allí genera más trauma.

BIOGRAFIAS

La construcción de una biografía, en un texto escrito como en una inscripción psíquica, se revela como una tarea terapéutica, tanto para analistas como pacientes, sujetos a procesos histórico-culturales similares. Incluso propicia cierta prevención de la depresión y la psicosis. Es así que los grandes analistas, junto con sus historiales, no han dejado de escribir sus autobiografías de una manera u otra, tendiendo puentes sobre las fracturas traumáticas.

Esto, lógicamente, no deja de presentar obstáculos: en el caso de la migración, pej., dice Héctor Tizón, “en el exterior (…) nadie conoce la propia historia personal (…). hay que explicarlo todo. Uno se convierte en una especie de autobiografía ambulante. Y esto es lo que hace que mucha gente se retraiga, con la consiguiente soledad”. Observemos, sin embargo, que la ilusión de los clisés comunes, los guiños, las historias compartidas, no exime de una tarea de reconstrucción absolutamente singular y solitaria, aún entre los otros.

La propia lengua se revela como un poderoso sistema de referencia y producción, para contrarrestar una “splendid isolation” o un doloroso desarraigo.

De modo que las construcciones autobiográficas, clínicas o etnobiográficas convergen y sobre todo aportan una unidad y un estilo (no una “identidad”) a la escritura del trauma, al lado de la literatura (Bettelheim, Semprún, Primo-Lévi, etc.).

Segregación y soledad encontrarán en el lenguaje una vía para la solidaridad, al permitir restituir, en los cuerpos parlantes, sujetos y contextos, lo multicultural, lo idiosincrásico y lo plurilingüístico, aún a partir de la propia lengua. Se trata así de aproximarse a la comunidad de una experiencia discretamente integral e integrada, no integrista ni fundamentalista, en la difícil tarea de ser cuerpos portadores de cultura (Kulturträger) y sujetos divididos.

Así, la vieja lengua que nos envolvía, la lengua de la “vieja” podrá desplegarse históricamente en los estandartes, en los emblemas de una lucha que nos convoque pero que no deje de abrigarnos con su condición libidinal y mortal. “Y canté la canción del infinito en un gallinero” decía Pessoa.

Y entonces, como empecé con un poema, podría terminar con otro:

Transición

Tanto he luchado contra el

ostracismo…

Y han sido tan estériles, tan vanos

mis esfuerzos

que he terminado por hacer de él

una conquista.

En la quieta soledad de mi destierro

discretamente escucho

el jadeante reclamo de los otros:

“Queremos más poder,

nos falta más espacio,

el prestigio es necesario,

la fama es un derecho”.

Entretanto

yo voy abrigando mi refugio

hasta sentir que es el lugar buscado.

Y me dedico a construir

sin que los otros sepan.

Para que el malón no arrase mis

praderas

y para que una flor, al menos,

alumbre la mañana

del día en que sepamos

que al fin

ya somos otros.

L. Lafargue

——————————————————————————–

(1)

Ponencia presentada en el Congreso sobre «Segregación, Migración y Salud Mental», ATSHMI, Jerusalem, 1998.

(2)

romano : Pacuvius.^

(3)

Citado por Mario Paoletti, en Por qué se fueron, Barón y otros, Emecé ed., Buenos Aires, 1995.^

(4)

El nombre, sin embargo, aunque se traduzca, pasa igual a todos los idiomas, especialmente el apellido.^

(5)

Les mots de la tribu, Ed. Grasset, París, 1966.^

(6)

Morá: maestra, en hebreo.^

(7)

Otra dimensión, la lectura, no puede invocarse como patria, ya que se trata, o del material de donde se extrae la escritura o de la actividad misma de interpretación. El libro queda así perdido en su consistencia, a menos que se lo erija en fetiche o texto sagrado inamovible.^

(8)

Pablo de Santis, entrevistado en “Clarín”, Cultura y Nación, 9/8/98.^

(9)

Véase el ejemplo de la segregación urinaria en “La instancia de la letra” de Lacan.^

(10)

Freud demuestra que no hay instinto gregario en el hombre, con la angustia de la criatura frente al rostro del extraño.^

(11)

Así, Silvia Bolotin (Exilios, ed. Nueva Visión, Buenos Aires, 1990), al contar su retorno, su nueva “inmigración” a Buenos Aires desde París, dice que no ha podido escapar al retorno de las imágenes de las de las calles de París: “Pero los escenarios no han sido tan sólo bellas tarjetas postales; estaban colmados de los rostros de los seres amados”. Delibes, por su parte, en Diario de un emigrante (citado en Grinberg y Grinberg, Psicoanálisis de la migración y el exilio, Ed. Alianza, Madrid, 1984), dice: “Atracamos en Buenos Aires (…) así desfilasen delante de mis narices cinco millones de tipos no encontraría una jeta conocida, y entonces, me dio por pensar que esto era peor que estar en el desierto…”^

(12)

En cuanto a la explotación de este valor segregativo y aún aniquilatorio de la imagen, recordamos una inteligente crónica (Clarín, ?/?/98) sobre el film Hitler de Syberberg, en la que se apunta a que dicho film detecta muy bien la “inmensa voluntad de imagen (“ser” una imagen pero también producirla, propagarla y hasta exterminar con ella toda imagen diferente)” de Hitler. El comentarista extiende muy perspicazmente esta crítica al actual contexto electrónico de la imagen. Es cierto que la imagen “mata, loco”, pero tampoco es menos cierto que los atrapados por la imagen ignoran las letras que los dirigen, la lógica que dirige las camisetas (T-shirt) que visten.^

(13)

En Piel negra, máscaras blancas (ed. Schapire, Buenos Aires, 1974), Frantz Fanon cuenta cómo un negro puede ser discriminado, a pesar de hablar perfectamente francés: p.ej., si le hace una pregunta a alguien en el metro, éste le puede contestar “Ud. seguil delecho pol aliá…”, remedando la típica deformación del francés que el antillano suele hacer, aunque su interlocutor, en este caso, hable perfectamente. La metáfora del título, tendiente a demostrar como el negro busca revestirse de los valores del blanco, corrobora lo que afirmáramos sobre el papel de la máscara, que unida a la letra, articula la danza macabra de la segregación.^

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