Lugares de la desmemoria (abril 2008)

“Teodoro Pablo Lecman”

“Leche negra del alba la bebemos de noche”

Paul Celan (Antschel), Fuga de muerte.

“No habrá memoria de lo primero, y tampoco de lo postrero habrá memoria en los que vendrán después ”

“El que agrega sabiduría agrega dolor”

Coélet (Eclesiastés).

I.- Improptu

[La memoria]

Se desmadeja como una melena al viento. Atropo, una de las tres moiras, la peor.

Anamnesis: extraña doble negación a-a de la memoria reminiscente. Cada instante de la vida es una curva del Leteo, un franqueo de olvido, fila-telia: amor de los fines y los impuestos, olvido de los principios, que sólo recuerdan algunas estampillas y letras sueltas mientras en la repetición maquinal y en la tyché se cavan las huellas de las bombas, de la destructividad sin fin del ser humano, el agujero fundamental que cada uno es (Signorelli) en el olvido de los años… y los siglos.

¿Las largas cabelleras, mayoría en los sitios donde impartimos nuestra enseñanza (ya que no ha cuajado el estilo pelo corto europeo), prometen un mayor recuerdo? En todo caso, predominan en la enseñanza.

¿Como las moiras, pero no las morias electorales, manejan los husos que predicen nuestro destino y recogen los hilos en que se tejen, en fina o abigarrada trama, las fatalidades y las venturas por venir (nos prometen electrodomésticos y sorteos infinitos. ¿quién se acuerda de su número o de su numen? )?

Calvos, como la fortuna, intentamos atrapar la oportunidad. Un clavo, muchas veces.

[Ellas]

Por condición generativa, podrían sostener las tramas de los relatos y las secuencias de cuerpos arrojados al mundo en la caprichosa combinación de sus deseos y sus accidentes y en la poderosa inercia del modo de vida global, automatismo de redes y aparatos…(1) Pero sólo las máquinas parecen multiplicarse vertiginosamente, con sus memorias borrables, blocks maravillosos del olvido, cuadernos mágicos de lo inescribible. Ningún mensaje de texto llegará a destino, si el destino es el byte (2).

[Los celulares]

Brillan con extrañas fosforescencias azules, verdes y amarillas, sms, semióticas de intercambios instantáneos y quizás efímeros, dicen que llevan mensajes de texto. Después de la tele, con sus leyendas y vociferaciones y su propia fosforescencia, ¿siembran entre los cuerpos puntos luminiscentes de recuerdo?

Semáforos, luces de autos, infinitos carteles de propaganda y ruidos marcan una constelación donde debemos orientarnos. Ensayo sobre la ceguera de Saramago: comienza en la “cebra” de un paso peatonal.

[Planes]

Cada uno tiene su plan de trabajo, su itinerario de la jornada, sus esperas y sus constancias. Sus hiatos.

[Emblemas]

De día los jacarandáes deslumbran con su celeste agudo, memoria “natural” de un ritmo biológico y una floración estacional, quién sabe desde cuando en la avenida y la ciudad (¿algún paisajista sabrá?), presencia informal de una bandera que se agita al viento. Cada transeúnte lleva la suya.

Enseña. Flota en los edificios públicos.

[Mnemotecnia]

Córdoba y Ayacucho.

Mnemotecnia o guía de calles. La arquitectura francesa da cuenta de que los arquitectos y paisajistas franceses fueron la segunda inmigración antes de la ola de 1880(3): la cúpula de pizarra del IES Nº 1 “Dra. A. M. de Justo” lo atestigua: bajo su base circular, duermen las computadoras.

O arquitectura barroca, como la del edificio de aguas contiguo, o el Cervantes más allá. O neoclásica, como el frontispicio de Ciencias Económicas, o moderna y peronista la del Clínicas y de Medicina, y hasta “filofascista” del Pasaje Barolo en Buenos Aires y Montevideo(4).

El cementismo de la plaza Houssay de Cacciatore, intendente del Proceso Militar guarda en su entraña el viejo Clínicas e historias de militancias del 73. Sólo una capilla queda enclavada en el centro.

El IES Nº 1 “Dra. A. M. de Justo” era la vieja caja de jubilaciones, palacio de Alvear: un ascensor de bronce “habla” (como dicen las alumnas sobre los “apuntes”) todavía de funcionarios. Una horloge con ángeles y vitraux en el Salón de actos. Pero no tenemos lugar ni condiciones materiales para dar clases. ¿Subimos o bajamos una larga escalinata ceremonial,que no es la de Jacob, bajo un cielorraso con molduras, hacia dónde? (la mayoría la prefiere a la otra escalera oculta en el pozo del ascensor, que no funcionó tanto tiempo: da solemnidad y elegancia usarla): entre otras cosas, a retirar melancólicamente los recibos de sueldo.

La toponimia de la ciudad sufre una especie de dislocación: los nombres de las calles cambian :¿Azucena Villaflor y Moreau de Justo en el transformado (pero no travestido: hay otras “zonas rojas”) Puerto Madero, entre los restorans fashion, en un downtown multinacional y faraónico surgido de la arquitectura portuaria inglesa? ¿Palermo viejo ahora  Hollywood? (¿Y Sicilia, y 3 de Febrero? Grandes ratas en la estación del viejo tren, ahora TBA)… Hay que separar el flujo urbano y el borramiento histórico y estatuirlo en los fotogramas que se suceden y sus brutales perspectivas, que no son las de la Prospekt Nevsky de San Petersburgo, pero nadan en el epigonismo local. Falta todavía una película de la Argentina que se quemó en algún viejo cine de barrio desaparecido de alguna infancia, entre maní con chocolate, números vivos, telón de propaganda y bombas en Plaza de Mayo.

Los murales en la plaza Houssay son memoria de los desaparecidos. Hoy, 2008, han sido eliminados. Eran.

¿Cómo constituir lugares de la memoria en medio de lo que fluye y se borra constantemente?
La enfermedad del tiempo y el deseo de olvidar

“La enfermedad del tiempo también puede ser un síntoma de un malestar existencial más profundo. En las etapas finales antes de la extenuación, a menudo la gente acelera para no enfrentarse a su desdicha. Kundera cree que la velocidad nos ayuda a bloquear el horror y la aridez del mundo moderno: ‘Nuestra época está obsesionada por el deseo de olvidar y, para realizar ese deseo, se entrega al demonio de la velocidad; acelera el ritmo para mostrarnos que ya no desea ser recordada, que está cansada de sí misma, que quiere apagar la minúscula y temblorosa llama de la memoria”

C.Honoré, Elogio de la lentitud

Contradiciendo la afirmación de una obsesión de la memoria (Huyssen, cit. en Dussell), nuestra época, a nivel masivo y cotidiano, parece caracterizada por todo lo contrario. En todo caso, políticas institucionales, gubernamentales o supragubernamentales parecen querer propiciar la memoria colectiva, muchas veces como un mero compromiso que construye monumentos invisitables, salvo por comitivas oficiales, o que ocluyen la memoria en un ritual aplacador, incluso turístico, que no da cuenta ni de la verdad ni de la justicia, como lo denuncia Claude Lanzmann.

¿La marea de la memoria y de las generaciones, podría encontrar en nuevas estelas y espacios, más democráticos ahora, los arrecifes para sujetarse, del mismo modo que piedra y bronce dan la medida, en general ecuestre, de próceres e historias oficiales(5).

La sociedad del espectáculo, tal como la caracteriza Guy Débord, asiste y goza su propia aniquilación, su propio consumo bajo la alegría tecnomorfa que encubre el dolor de existir (Freud) y los traumas que genera continuamente el sistema tecnocrático, bajo la figura de necesarios “daños colaterales”, que en realidad son daños que dominan la escena global. Se hace así anestésica, según la expresión de Buck Morss (p.171), además de haberse consagrado ya, hace rato, como protética (Freud, Malestar en la cultura ¡1929!).

Ernest Jünger, longevo escritor y oficial nazi de ocupación en París, (Buck Morss, p.211), apunta que se trata de la búsqueda de que el dolor sea una ilusión, ¿provocándolo incluso, agregamos(6)?.

Antonio Lobo Antunes, con una procacidad increíble que sólo justifican su piel blanca y sus ojos de asesino, confiesa que ametralló mujeres y niños porque “daba puntos”, como oficial portugués en Angola. Ahora es un escritor famoso. Ningún tribunal parece reclamarlo. ¿A confesión de partes, relevo de memoria?

¿De qué me acuerdo?

La memoria se instala así como mimicry: mimetismo y pantomima, según Caillois (aquel amigo de Victoria Ocampo), en lo colectivo (Yourcenar). Una comparación del esquematismo fascista y el soviético (Buck-Morss), encuentra notables puntos de contacto. La estetización de la política, denunciada por Benjamin, se degrada en mimetismo. Tal como lo demuestra Caillois, ya en el animal, el mimetismo no tiene propósitos de supervivencia, sino que es como una entropía estética que se va asimilando al espectáculo del mundo, una belleza que coquetea con la muerte.

En el campo de la biopolítica actual (Foucault, Agamben), la entropía de las masas, destinadas a la guerra y el consumo, alimenta la breve neguentropía del sistema, su simbólica de logos, que debe recabar muchas veces en lo ancestral (svástica hindú o china, peircing, tatuaje, petrogrifos que reaparecen como neostenciles y graffitis, etc.), mientras lo esencial es lo binario, siempre borrable, las cuentas y el juego de suma cero. En ese juego, además, el perdedor debe amar al ganador, al verdugo. Resultado: memoria cero. Beneficio: tarea de destrucción y reconstrucción constante para que haya una plusvalía estable y el sistema no explote, más que parcialmente.

La memoria, tarea siempre de ficción, de fantasía, es faccimilizada o falsificada, saqueada o borrada (bombardeo y saqueo a la cuna de la escritura, en Bagdad). La torre de Babel es un shopping.

Rossi recuerda la vieja mnemotecnia, abandonada en el sistema educativo, y a pesar de hacer consideraciones muy interesantes, sucumbe en las aporías de una especie de neurobiología, al igual que Buck-Morss.

Sin embargo, lo que parece deducirse de sus investigaciones es que la mnemotecnia es el pasaje del cuerpo en el tiempo por el espacio de los lugares reales, imaginarios y simbólicos a la vez, donde escenifica sus recuerdos, durante toda la vida. Tripartita, se reparte en la reminiscencia del recuerdo, la repetición simbólica inconsciente, el encuentro fallido con lo real del goce de la vida/muerte en la búsqueda de la felicidad. Sin cuerpos vivos, es un aparato simbólico inerte (diferimos aquí con Lacan, “Función y campo…, 1966), o un duelo interminable de los otros/cuerpos, quizás amados y odiados, al que llamamos cultura: los muertos hablan en nosotros. Por eso, adelantamos, el horror no se enseña ni se transmite: está en nosotros, en tanto los límites de lo humano han sido cuestionados en el siglo XX (Agamben).

La consideración de Derrida de que todo el aparato psíquico, más allá de la función de la memoria, es un lugar de memoria y que sufre el mal de archivo, son sugerentes.

El estudio de los pasajes y del flâneur (Buck-Morss) por Benjamin nos colocan en el punto en que el cuerpo/los cuerpos se hunden y se separan de los flujos dinámicos (Batistozzi) de la ciudad para adquirir su perspectiva.

En resumen, proponemos la figura del flâneur, el “yirante”, como lugar subjetivante de la memoria, en un contraitinerario de la sociedad del espectáculo y de los recorridos habituales urbanos (Debord).

Pero el flâneur actual tiene una gran dificultad: debe toparse con la memoria objetiva de los lugares, sin duplicaciones ni virtualidades anulatorias, sin no lugares o lugares que sólo manifiesten el tiempo en ruinas y no el tiempo histórico (Augé).

Por ejemplo, el llamado “parque de la memoria” en la Costanera Norte de (Santa María (7)de los) Buenos Aires no dice memoria de qué, los “monumentos” no tienen carteles explicativos, las ruinas de la voladura de la AMIA que allí estaban desaparecieron, está ubicado en una curva en fuga de la costanera: por un lado se va a la Ciudad Universitaria, por el otro a los restaurantes.

Identificado a lo sumo como lugar de paseo vacío, las familias se detienen ahí sólo a solazarse, en un recorrido acostumbrado. Sobre la costa del río, nuevas obras ya borran todo trazo, toda referencia permanente.

El recordatorio de los campos de desaparición y tortura locales, los “chupaderos”, en el Centro “cultural”(8) Recoleta, a su vez borrado ex Asilo de Ancianos sin ninguna chapa evocativa, está en una esquina en la que nadie repara y se confunde con otro cartel indicador cualquiera. Replica además los recordatorios (Denkmal) alemanes. ¿Quién tiene la culpa?, dirá Jaspers. Balza contestará que la tenemos todos. Dicho recordatorio ya ha desaparecido (fue retirado. 2008).

Justicia perseguirás, recuerdan algunos.

Una experiencia de flâneur

Un recordatorio, el  Denkmal de Freud en Grinzig, en las afueras de Viena, en Bellevue, donde por primera vez descifró un sueño, yace sucio, enmohecido, abandonado en un descampado de la colina que nadie visita, rodeado por botellas de cerveza y cañitas voladoras, un invierno de 1996.

La casa de Ana Frank, en Amsterdam, que guarda viva casi la estructura de cuando era habitada, tiene una confitería en su interior y una venta de materiales que desvirtúan todo recuerdo y hacen del museo un negocio.

Una exposición sobre Ana Frank en el colegio Pestalozzi de Belgrano, con fotos y paneles, resulta en cambio impresionante por su justo contexto y datos históricos: allí me entero que los primeros inmolados fueron cerca de 90.000 discapacitados, en 1938.

Una casualidad me lleva, en París año 2000, en la Gare de l’Est, una de sus estaciones terminales de ferrocarril (vía de salida de las deportaciones a Alemania) a una exposición, perdida en un rincón, de niños judíos franceses  deportados. No se muestra nada cruento ahí: lo cruento es el recuerdo y el cotejo con su vida normal: fotos, diarios, documentos, etc…Desembarco al fin en Reims, donde se firmó el armisticio de la Segunda Guerra Mundial (hay fotos de la mesa protocolar de Eisenhower y…?): escalofriante, decenas de millones de muertos. Yo no lo sabía, yo no había nacido.

(¿Las estaciones de tren argentinas, pueden tener memoria, pueden ser violadas? La red ferroviaria se redujo brutalmente, hizo desaparecer la memoria de los pueblos. Y que se fueran al olvido).

Y en el palmar de Colón, Entre Ríos, en un exhibidor perdido, mientras merodean jóvenes turistas extranjeros alrededor, se cuenta que se bautizó un lugar cerro de la Matanza porque se remató ahí a los que quedaban de tres poblaciones aborígenes, ya en la época española. Y después vino Urquiza y lo repartió. Y el fortín Malargüe, cedido a un particular, en Mendoza, donde un guía me muestra extraoficialmente (ya no se puede entrar) los agujeros de fusilamiento en la piedra de los indios que se negaban a ser esclavos y me cuenta la marcha de la muerte (no fue invento nazi) que organizó un general, al que le dieron una generosa parte de la provincia, con la población indígena por la meseta helada: murieron casi todos. Y una placa del Trastevere romano en un cuartel, que dice: de acá se deportó a los judíos de Roma. Y el ghetto de Venecia, apenas identificable…

Y en Orvieto, otra historia: il sfratto, decreto de expulsión de los judíos al ghetto, que se conmemora…con una mermelada exquisita que probamos, mi olvidada y yo. Muy cerca de los frescos del Juicio Final de Signorelli, el emblemático olvido de Freud.

Y en el Vaad Hashem en Jerusalem, el impresionante bajorrelieve de Janus Korszack, abrazado a sus niños, a sus alumnos, con los que marchó al campo de concentración, porque se negó a abandonarlos, a pesar de no ser judío: pero sí un educador, un hombre…

Me-moria/ me moría, como ex –periencia, si lo asocio a perire, perecer, contiene la cifra de mi memoria mortal. Morar, demorarse. ¿Hasta cuándo?  Acaso Nunca más? Yo estuve ahí, en 1983. ¿O 1984? ¿Me falla la cronología o es Orwell que regresa de la promesa defraudada de un mundo feliz? Esto es la Argentina, mis lugares de memoria.

En la película, piel fina de la memoria, La calle Santa Fé, Carmen Castillo hace una apuesta de fe impresionante, conmovedora, desesperada, a la recuperación del pasado con Allende en Chile. Sólo quedan placas en el piso. Lo demás es una praxis reiterada, recomenzada siempre a partir de cero, cayendo siempre a cero: del símbolo a la nada, del ideal a la nada la caída de los cuerpos es un estrépito insoportable que se llama fracaso. Como el jugador, la apuesta siempre recomienza a la utopía que no está en la ruleta de la suerte, como la ruleta rusa, hasta que el cuerpo falta, y es llevado por los verdugos del silencio.

El tiempo incompleto de Benjamin: que el pasado se completa y actualiza en el presente, no lleva a una posibilidad de una redención, aunque sea de luchas, idea más bien religiosa.

Lleva a buscar un rédito en la repetición, rescatando la memoria. El ser humano está condenado a repetir, con una diferencia. La diferencia es ética.

No es tampoco que “la experiencia del horror es intransmisible”. Por el contrario estamos todos en el horror, todavía en Auschwitz, como dice Günter Grass en una charla a los estudiantes. Y nosotros todavía en el Proceso Militar argentino de 1976, con una diferencia.

El horror es la base reprimida de la condición humana, por consideraciones que acá no podemos desplegar, demostradas profundamente por Freud y por Lacan, y por tantos eminentes escritores, y por la vida misma.

No se puede “enseñar traumas y dolores”. Se los devela y se los elabora a partir del propio horror y su nivel de represión. Es lo que propone Aristóteles para la tragedia: el horror y la piedad, y lo que retoma Marcel Schwob como corazón doble del hombre. Es la experiencia de Semprún y Primo Levi, interminable, pero transmisible, en el límite de lo imposible.

Escribir(9) puede ser un lugar para la memoria, pero como un encuentro para construir el futuro, invirtiendo una expresión de Sergio Di Nucci.

III.- Conclusión

Podríamos proponer una memoria activa/afectiva/restitutiva: un puente del ahogado en puerto Madero, una calle Cromagnon en lugar de Bartolomé Mitre. Una guía memoriosa de Buenos Aires, como la literaria de Abós…

Carteles explicativos en las calles de Buenos Aires, como los hay en París, con los nombres sucesivos y los acontecimientos…

Las paradojas singulares de la memoria y el olvido en el campo humano se despliegan entre Funes el memorioso y el amnésico total, el hombre que olvidó su sombrero de Sacks.

En el medio las masas medran y se amedrentan. Construir colectivos de la memoria es un gran trabajo. ¿Quizás en el colectivo porteño?

El maestro, la maestra que lleva la banderita y el guardapolvo es sólo uno más del colectivo, de los colectivos.

Bibliografía

Agamben, G., Infancia e historia (1978), Adriana Hidalgo ed., Buenos Aires, 2001.

Agamben, G., Homo sacer (1995),  Ed. Pre-Textos, Valencia, 2003.

Agamben, G., Lo que queda de Auschwitz, (1999), Ed. Pre-Textos, Valencia, 2000.

Augé, M., El viaje imposible, [1997], ed. Gedisa, Barcelona, 1998.

Augé, M., El tiempo en ruinas, [2003], ed. Gedisa, Barcelona, 2003.

Batistozzi, A., comentario a la muestra de fotografía de Horacio Coppola en la Galería  Jorge Mara-La Ruche.  Suplemento Cultura La Nación, diciembre 2005.

Benjamin, W., “La obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica” en Discursos Interrumpidos I, Taurus, Buenos Aires, 1989, reproducido en http://www.nombrefalso.com.ar/apuntes/pdf/benjamin.pdf., visitado10/12/2005.

Buck-Morss, S., Walter Benjamin, escritor revolucionario, ed. Interzona, Buenos Aires, 2005.

Debord, G., La sociedad del espectáculo (1967), ed. la marca, Buenos Aires, 1995.

Derrida, J., Mal de archivo [1995], ed. Trotta, Madrid, 1997.

Dussel, I., “Enseñar lo inenseñable. Reflexiones a propósito del Museo del Holocausto en Estados Unidos”, en http://www.buenosaires.gov.ar/cepa, visitado 10/12/2005.

Honoré. Carl, Elogio de la lentitud, Ed. Rba, Barcelona, 2005.

Freud, Sigmund, Obras completas en español: (O.C). Biblioteca Nueva, Madrid, 1968.

Jaspers, K., El problema de la culpa, ed. Paidós, Barcelona, 1998.

Lacan, Jacques, écrits, París, Seuil, 1966.

Lecman, T., Cuerpo y símbolo, ed. Lugar, Buenos Aires, 1998.

Lecman, T., “La cibercultura y el mundo psi”, Página 12, 30/12/1999.

Lecman, T., “Le poids de la mort et le silence de la clinique”, presentación a los états Généraux de la Psychanalyse, París, 2000, publicado en los sitios http://www.psychanalyse.refer.org/propos.html y http://www.oedipe.org.

Lecman, T., « El sentido de la escritura de los casos clínicos del psicoanálisis », tesis de doctorado, 2005, inédita.

Rossi, P., El pasado, la memoria, el olvido [1991, 2001]. Ed. Nueva Visión, Buenos Aires, 2003.

Yourcenar, M. , 1981, Discurso pronunciado en la Académie Française en ocasión de asumir la vacante dejada por Caillois, reproducido en www.academie-francaise.fr/immortels/ discours_reception/yourcenar.html.

(1)

En Psicofisiología enseñamos el cuerpo como máquina, desde Descartes y LaMettrie hasta el androide cibernético, pasando por la psicosomática, la donación de órganos, la bioética. ¿Quedará algo, a modo de Bildung, de pasaje, de iniciación y no sólo de memoria repetitiva, mímesis ecolálica de los textos fotocopiados? ¿Qué es allí la memoria?: ¿el lugar de la fotocopiadora en el rincón al lado de los baños? Muchos han escrito para esto.^

(2)

Véase el texto de Freud (1925), El block maravilloso, O.C, Bibl Nueva, Madrid, 1968 y Lecman, T, “La cibercultura y el mundo psi”, Página 12, 30/12/1999.^

(3)

Dato suminstrado por Enrique Oteiza, que pasó sin pena ni gloria, ni honrarlo, como Zaffaroni, por el INADI. Nada pues. Sólo zafar o repartir “lubertinamente” profilácticos. ¿De qué segregación se ocupan: de la que hay entre cuerpo y cuerpo, insalvable, SIDA mediante? Sindrome Institucional de Deficiencia de los Aparatos del Estado Argentino, desquiciados y desquiciantes herederos de la inmovilidad y el terror.^

(4)

Transcribo de la Revista ñ, 10/12/05: “Una rareza es ” Palazzo del Littorio”, libro del célebre arquitecto italiano Mario Palanti (1885-1979), quien en la década de 1920 construyó en Buenos Aires el Palacio Barolo y en Montevideo el Palacio Salvo. Palanti admiraba a Mussolini y publicó este libro en 1934 en ltalia al presentar su proyecto para la sede del Partido Fascista, que nunca se concretaria.”^

(5)

No nos olvidemos, aún en la piedra, del censurado destino de Lola Mora, languideciendo en la Costanera Sur, en una ciudad construida de espaldas al río, al que recién está recordando.^

(6)

Una anécdota trivial lo confirma: preguntada una cajera de supermercado si un piercing que se hizo en la nariz no le molesta, contesta que no, y que “es tan rápido que no se siente nada.”^

(7)

¿Acaso el astillero de Onetti?^

(8)

¿Acaso la cultura es siempre una costra renovable, una especie de barniz repintable con esponsoreo? Esto fundamentaría una desmemoria geológica. En el curioso caso de las computadoras u ordenadores hay expertos y sistemas expertos en reconstruir archivos borrados: los códigos son cada vez más ajenos y las máquinas cada vez más velozmente brutales y borrables.^

(9)

El escritor como lugar de la memoria es una figura sostenida por Citati y otros. Véase Lecman, T. (2005).^

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