Ensayo sobre la ceguera y la ausencia (junio 2008)

Conferencia en la Universidad Federal de Santa Catalina (UFSC), Centro de Ciências de Educação, Florianópolis, Brasil, 20 de marzo del 2002.

Teodoro Pablo Lecman

Escenario: en el auditorio.

– La conferencia se inicia mostrando una transparencia: Un grafitti en una calle de Buenos Aires: Junín y Lavalle.
“como un ciego imaginarte necesito”
Graffiti escrito sobre una cortina metálica de una tienda de ropa de ocasión, y al que se le superponen otras inscripciones, como si fuera un palimpsesto.
Al mismo tiempo, se destacan los surcos, las “rayas” en relieve de las laminillas soldadas de la cortina metálica.
[Unas casas más allá una inscripción: H.I.J.O.S. resalta sobre la superficie de un edificio que parece un búnker (¿alegoría de la maciza indiferencia de los poderes y de su burla a la búsqueda de los desaparecidos(1)?). ¿Continuidad histórica con el primer graffiti?: el amor que suponemos adolescente se ha consumado y ahora, los hijos buscan a los padres robados, desaparecidos por un destino de sangre y fuego…¿Cómo imaginar lo imposible de una crueldad que viene anonadando al ser humano desde Auschwitz y antes?]

Exposición

Al comentar la transparencia ponemos de relieve su motivo inspirador: la ausencia de la amada.
Ausencia que debe ser cubierta con una imaginación ciega.
Necesidad de imaginar que, sobre el desamparo original (Hilflosigkeit), sobre la intemperie de los elementos (en la calle), y sobre el metal inventado por el hombre, obliga a una mano de un cuerpo a elevarse y escribir su amor en un breve gesto que pretende ser eterno: te amo…
Oximoron de la imaginación ciega que, como una clara oscuridad, busca en lo inescribible, en la opacidad de la materia, la luz que abra el punto ciego del deseo.
Surge allí la figura de Tiresias, el adivino de Edipo que, temerariamente, le indica al rey su destino inevitable. El hecho de ser ciego parece otorgarle una inmunidad frente al poder y un poder de adivinación especial.
Este saber ciego le ha permitido también ponerse en el lugar de los dos sexos, cosa no factible para cualquier ser humano. (Hacemos allí la observación de que, si bien bisexual en su fantasía psíquica, como lo indica Freud, el ser humano agota todas sus posibilidades imaginativas y narcisistas en ponerse de un lado de la sexuación, y que querer colocarse de los dos lados es una desmesura. Otras coartadas permiten imaginarse toda una gama de transiciones entre los dos lados, o de terceros o cuartos sexos. Relación esencial de exclusión del saber con el sexo).
Recordamos al Petit Prince de Antoine de Saint- Exupéry: lo esencial es invisible a los ojos. Frase proferida en la escena en que el zorro le pide al Principito que lo domestique. El Principito alega entonces que eso lo hará sufrir. No importa, contesta el zorro: “à cause de la couleur du bleu.” Cada vez que vea el trigo ondular sobre los campos recordará la cabellera rubia del amigo, vivirá la nostalgia pero también el recuerdo de su amor. Nuevamente una paradoja: lo esencial es invisible, pero hace falta un rasgo, un destello de color para evocarlo.

Nuestro recorrido nos hace desembocar en la mirada ciega: no hemos descubierto nada nuevo, desde que la gente dice que el amor es ciego.
Lacan, a su vez, además de desarrollar luego el papel de la mirada como objeto a en su Seminario de los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, ilustra antes, precisamente, la metáfora de la mirada ciega en su Escrito “Función y campo de la palabra y el lenguaje en psicoanálisis”. Dice así:

“[éste] es el campo privilegiado del descubrimiento analítico: síntomas, inhibición y angustia: [allí] la palabra expulsada del discurso concreto encuentra en las funciones naturales del sujeto, por poco que una espina orgánica esboce allí esa brecha de su ser individual a su esencia, lo que hace de la enfermedad la introducción de lo viviente en la existencia del sujeto, o bien [encuentra esa brecha] en las imágenes que organizan en el límite del Umwelt y del Innenwelt su estructuración relacional.”

Digamos entonces que encontramos en el límite de esas imágenes la tangencia (como nos lo explicaba el sueño de un analizante), o la secancia del amor, su capacidad de enfermar (psicosis dice a veces Freud del enamoramiento extremo), pero también la enfermedad que le significa al ser humano no poder amar (estancamiento de la libido, según Freud). Lo viviente introducido en la existencia del sujeto.
Una nota al pie de Lacan remata magistralmente su conceptualización: “para obtener inmediatamente una confirmación subjetiva de esta observación de Hegel basta haber visto, en la reciente epidemia [se refiere a una mixomatosis, epidemia de tumores (¿tus amores?) mucosos, una enfermedad que afecta sólo a los conejos que se produjo en los años 50 en Francia y que se caracteriza por producir edemas, incluso en los genitales de los conejos, y los deja ciegos, pero no se contagia a los humanos], a un conejo ciego en medio de una carretera erigiendo hacia el sol poniente el vacío de su visión cambiada en mirada: es humano hasta lo trágico.”
No podemos menos que recordar allí a los bufones, a los enanos de Velázquez: el bobo de Coria y el niño de Villecas, cuyas miradas particularmente vacías producen en el espectador un estremecimiento muy humano.
Particularidad de las cuencas vacías de las calaveras que supo cantar el poeta español Miguel Hernández. Papel fundamental del ojo y del opérculo en la Naturaleza, en la caza, en la captura, en el cortejo amoroso y en el engaño. Ese órgano blando que se absorbe el mundo y desaparece con el sujeto dejando una huella vacía… La carne misma es definida por el diccionario como “la parte blanda del animal”.

Volvemos entonces a la transparencia: la cortina, como el párpado del ojo. Sobre ella hay algo escrito, bordeado por la censura y teniendo la estructura del palimpsesto (paleo-incesto hemos dicho alguna vez).
Detrás de la cortina los objetos perdidos de una tienda de saldos.
La cortina misma, por sus rayas, configurada como una celosía ciega, evocando allí en francés la homonimia jalousie para celos y celosía.
“Rayado” , según el lunfardo argentino, también el ser humano: maluco según el portugués brasileño.

Aprovechamos para introducir el Ensayo sobre la ceguera de Saramago a partir de la primera página: la zebra, el camino rayado peatonal frente al cual espera la fila de automóviles. De pronto la ceguera, que como la peste de Camus irrumpe y hace que la conducta gregaria se interrumpa: detenido un automovilista los demás no pueden seguir. Inmediatamente es segregado, dimensión fundamental de la subjetividad contemporánea que Saramago desarrolla en toda la genial metáfora de su libro.
Hay allí una ceguera blanca, y no negra como podría suponerlo la imaginación popular. Los ciegos ven todo blanco. Como decir que es la luz lo que enceguece, y no la oscuridad.

Concluimos allí que, dado el punto ciego (el escotoma) de la posición subjetiva inconsciente de todo individuo, nadie ve el punto desde el que mira, y que la mirada del otro suele precipitarlo, como bien lo marcó Sartre (fuga del ser por el ojo de la cerradura al ser descubierto espiando).
Concluimos también que, del mismo modo que el silencio escande, puntúa y es necesario para las palabras, la ceguera, la obturación (como lo demuestra el aparato fotográfico) es necesaria para la caída de las imágenes. (Lo que equivaldría a decir que se constituyen desde el Ideal del yo, punto simbólico no visible, extraño a ellas).

Otras precisiones sobre la ceguera nos podrían llevar al aspecto siniestro, presente en el “Informe sobre ciegos” de Sábato, que forma parte de su novela Sobre héroes y tumbas: la conspiración de los ciegos. He allí a los ciegos detentando un poder capaz de manejar a los que ven. De otra manera no es otra cosa lo que requiere un shamán en muchas culturas: la posesión de un defecto físico lo hace apto para poderes especiales que le permiten ser brujo (la castración allí sufre una torsión, paga una prima de goce anticipada que le permite evitar la pérdida de goce que toda subjetivación supone. O de otro modo, ya no hay que pagar el precio del deseo: se es omnipotente).
Sea como sea, el que pierde un sentido, en el mejor de los casos, lo compensa con otro (se dice que el ciego oye mejor), o se lo pide a otro, animal, u hombre. El lazarillo (guia de cegos) es motivo incluso de importantes obras literarias: El lazarillo de Tormes, Marianela de Pérez Galdós, etc.

Los sentidos pueden perderse, recuperarse, compensarse, amplificarse (vía las máquinas, que son parte constitutiva de nuestra vida y sin las cuales no podría pensarse la tecnología, la ciencia y la industria humana). Pueden morder la carne de variadas maneras.
Lo que no puede perderse definitivamente es el sentido de la vida, sin que aparezca la peligrosa llama del suicidio y la muerte. Ese sentido se pierde y se recupera, a veces por largos períodos, se modifica, se resignifica.
Esto nos lleva a la pregunta de por qué va la gente a análisis.

La historia de un analista argentino ciego, radicado cerca de Venecia,
nos permite progresar un poco más en nuestro ensayo.
Efectivamente, tomaremos algunos puntos del trabajo “La mia cecita come oggetto di transfert”, de Ricardo Ileyasoff, publicado en Psicoterapia e scienze umane Nº 1, 1999.
Cuenta allí el caso de un paciente que viene a consultarlo por problemas de fuerte timidez, que incluso lo llevaban a no poder decir una palabra frente a sus amigos, los que lo hacía objeto entonces de escarnio. Atribuía la causa de todas sus desgracias al pequeño tamaño de su pene.
Pero lo que interesa del asunto es que en la última entrevista preliminar al inicio del análisis el paciente dice que lo que lo convenció a iniciar un análisis, cuando él prefería una terapia rápida, había sido el hecho de que el analista fuese ciego. Le explicó que había ciegos y ciegos: los que se transforman en pobres desgraciados y los que progresan desarrollando otras capacidades y en particular su inteligencia.
Luego, en la primera sesión de análisis le plantea que quiere hacerle una pregunta importante: ¿cómo había hecho para superar su ceguera? Ya que pensaba que el problema del analista era mucho peor que el suyo y, dado que aquél había podido superarlo eso le permitía tener una esperanza de superar el suyo. El analista hace entonces para sí dos asociaciones: una, el recuerdo de la vergüenza que le produjo la primera vez que se vio obligado a salir a la calle con un bastón blanco; la segunda, que un paciente le había dicho afectuosamente que no sabía cómo hacer para herirlo, ya que nada de lo que él pudiese decirle podía afectarlo, y menos aún lo concerniente a su ceguera: en resumen, que era un monstruo.
Así, una de las conclusiones del analista es que “la desnudez de mi carencia, en vez de disminuirme, me confiere un fuerte poder simbólico. Y algo que tendría una relación con la transferencia sobre un objeto sagrado.”
Finalmente, “ a veces tengo la impresión de que, para los otros, mi ceguera, unida al hecho de ser un extranjero, crea una distancia ligada al pavor de lo ignoto que, paradojalmente, termina por hacerme más accesible al paciente.”

Todo este pequeño recorrido, toda esta parábola sobre la ceguera nos lleva a la cuestión de lo más ignorado de uno mismo, que Rimbaud asentara como “Je est un autre”. El otro que somos para nosotros mismos, forzosamente punto ciego, alojado en el corazón de nuestro ser como desconocimiento de la sexualidad y de nuestra destructividad, devuelve nuestra mirada a la ilustración del principio: ¿quién mira a quién cuando miramos la cortina piadosamente cerrada en la que se inscribe la imaginación ciega de la amada ausente, dibujada por otro? Entonces, como en Las Meninas de Velázquez, vemos temblar el cuadro de nuestra representación realista y nuestra memoria fuga hacia un desván de cachivaches y objetos perdidos, mientras la ilusión poética, si se conserva, escribe en el aire el trazo de la flecha del deseo de Cupido. Su puntería extraña nos hará esclavos de esa gorda criatura de tierna carne por la que nos desvelamos día a día: infans (nosotros mismos o el hijo). O, como Eneas a Dido: Infandum, regina, iubes renovare dolorem. Y nos disponemos a contar la ausencia que ha hecho nuestra ceguera.

(1)

La actual deferencia aparente (2008) no es más que trampa, cuando la estela (a pesar de estela carlotto) del tiempo ya ha borrado casi todo rastro, o los efectos ya son de “justicia” tardía. Sin embargo siempre mejor que nada.^

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