El trabajo del símbolo

 

Teodoro Pablo Lecman

Oscuridad de la lectura

 

 

A veces, como una pequeña música nocturna, se suceden los signos del trabajo del símbolo, pasado el tiempo. Otras veces, en un a posteriori tratamos de hacernos responsables de esos signos, allí donde inventamos constantemente lo que no tiene sentido ni remedio, ni absoluto: la sexualidad, la destructividad, la verdad, el trabajo, la muerte.

Leemos así en el síntoma, compilando (como los sistemas informáticos acaso), una Babel de lenguajes, de gritos, de cuerpos que soportan demandas inextinguibles, deseos que buscan su lugar, goces extinguibles, mortíferos, mortales (en el siglo XXI).

Oscilamos entre la lectura y la escritura.

La lectura puede ser infinita y la escritura alinea y aliena.

En el límite, el cansancio, el sinsentido, la castración. El cuerpo.

Si la escritura es en cierto modo una mirada, una puesta en mirada de la voz y sus signos, la lectura es una especie de escucha de la escritura, de los ruidos y los golpeteos de los dedos. Del trazo y el resto del “cadáver viviente”, “ex – quisito”: agitado entre Leib/Liebe/Lebens [cuerpo-cadáver/amor/vida], o mecido por el odio: Hass lo que no debes hacer.

Intentamos recuperar para la cura el trauma real del encuentro/desencuentro cuerpo-mundo, en el lenguaje y con el lenguaje mismo, que el sujeto traduce para sí, cayendo en las redes del sentido y sus agujeros. El límite es una indicación, una Deutung, una deixis del troumatisme (agujero y trauma), de los golpes de las tramas del telar sobre un cuerpo hecho signos. No piercing, ni tatuaje, que son actualmente (no en su origen etnográfico) negación de toda lectura como recolección inteligible, escritura pura del sistema en su sinsentido tanatopolítico, muerte del sexo y de toda alegría de vivir: ex – posición sadopornográfica. Buscamos la letra de cada uno. (Freud x Masotta).

Hemos escuchado a analizantes alegar una piadosa depresión o una fobia diagnosticada o una curiosa inmunidad a las enfermedades (la neurosis todavía tiene cierto cartel, aunque vamos hacia la Perversionenlehre), mientras navegaban fluidamente en la Mehrversion[1] pre-dominante del lazo social. Invertido el signo, huyen. Reacción terapéutica negativa, decía Freud. O se operan para evitar en acto la castración. En la represión la evitamos todos. Es ilegible, aunque analizable. En acto, no.

Leerse a sí mismo es imposible pero se mediatiza, no en los mass media. Uno se busca en lo que lee y se pierde en lo que escribe. Una singularidad que hace a una razón a-terradora.

¿Quién lee a quién? ¿Quién le escribe a quién? ¿Quién escucha en este caos mundializado en un libro del desconcierto, de la discordia?: la Biblia, el Corán, los Vedas, la Teogonía de Hesíodo, el Cosmos chino, Pachamamas, Vudús, Umbandas, Yogas, cosmogonías varias…y este mundo fractal en pánico global de bombas, crisis financieras y las eternas del hambre, y las provocadas. Las sectas y el fascismo resurgen, en lecturas delirantes que dan mucha “seguridad”. Todos piden seguridad, que es inmunidad. Harían mejor en pedir socorro.

 

Imposibilidad del trabajo del símbolo. Jugarse la vida

 

La idea de la lectura como placer, según Roland Barthes o Borges, vale para el simple lector de bestsellers, pero elude su sentido en el trabajo del símbolo en la cura, de obstáculo imposible, de sinsentido, y de más allá del principio del placer, sin lo cual no sería humana, sino signo animal. En ese más allá hemos visto casos que se encuentran con la muerte.

Lo no leido es también lo inconvertible o lo intraducible de lo escrito, y la tiranía global de la razón gráfica en “Occidente” (occidere: matar), como dice Jack Goody. En el cuento de Flaubert: Bibliomanie, un librero se desespera por la posesión imposible de un manuscrito mítico, de valor incalculable quizás, y aparece clara esta imposibilidad de la lectura (también en la letra chica de los contratos monopólicos por los que uno es esclavo). Flaubert (fléau vert: peste verde) escribe allí: “amaba la ciencia como un ciego la luz./ o/ se encontraba como un hambriento ante el oro”. Más que el placer de la lectura, es el obstáculo, similar a la desvalorización de la represión por razón de recompensa de Tausk: ¿que puede llevar a levantar la represión, al servicio aparente del principio del placer, con el peso de la enfermedad, el peso de la historia en la enfermedad mortal que es el ser humano? Claro que sin embargo esa lectura del obstáculo trae dolor y un placer restituido, sublimado casi, estético. De ahí habría que poder pasar al nivel ético, según Kierkegaard, y luego al político (él lo llama religioso): muy difícil porque en él se juega la vida, como se la jugó Kierkegaard.

 

Imaginarse

 

La lectura es imaginarse una voz. Por ejemplo, la de Freud, sorprendentemente chillona, vienesa, quizás también por el “monstruo”, la prótesis en la mandíbula cancerosa, en una emisión en Londres, por 1938. No buscaba seducir ni convencer ni provocar, sólo demostrar, deixis. A comparar con la voz “histérica” del pequeño hitler, paródica de un famoso parapsicólogo de la época, estudiado por riefenstal, la cineasta de hitler (muerta hace poco, a los noventa y pico, impune, con todos los honores), y tan bien expuesto por Ivan Szabó (¡acusado a su vez de delación para el stalinismo, oh, historia!) en Hanussen.

La lectura es también imaginarse representaciones, fantasías en el sentido estoico.

Cada uno tiene las de su circunstancia y círculo: sus grupos, la época, la vulgaridad, la ciencia, los discursos estandardizados, los errores inevitables de toda existencia. Allí se juega la facilidad o la dificultad, la fluidez de la lectura y la conciencia (¿cómo leer el Ulises de Joyce?), el esfuerzo por llegar al final, o el suspenso que obliga a anticiparlo. O simplemente a interrumpir la lectura, lo que siempre ocurre.

 

Transgredir

 

Deseamos una lectura transgresiva y una imaginación creadora razonada, criticada, controlada.

Hace mucho ya (La Razón, Psicología) propusimos para el psicoanálisis una lectura sintomática, transferencial, luego sistemática, seriada, y no dogmática, porque todo sistema absoluto (Hegel es insuperable en la Idea) cae bajo el trauma de lo real (Hegel ha muerto). Aufhebung. Dialéctica que conserva negando y se disyunta en lo universal y lo particular vía singular, mientras el pobre buey sigue llevando su yugo. Estratos que emergen y se dislocan. Trenzas de lectura, paradojas a sostener siempre, vías inextinguibles…

¿Y ya en la transmisión, el obstáculo se supera por una identificación mutua?

La transgresión misma sólo puede ser una transgresión razonada. Incluso a la “neutralidad”. Toda transgresión no razonada, revulsiva, es reabsorbida por el sistema y por la represión.

Hay una “razón”, quizás sólo una en toda una vida que nos transgrede, la del/de lo inconsciente, lo no sabido, Unbewusst. La de cada uno. No arbitraria en el sentido de caprichosa. Casual pero causal. Con férreas relaciones con la Sinrazón universal, la que proponía Foucault, lo que Lacan llamó el omnipresente discurso humano.

 

Parodia

 

Si la historia se lee como síntoma, como parodia, (Masotta, Hegel, Marx) ¿se lee la tragedia en la comedia? ¿y en la enunciación mentirosa de la sra. K, como la de Epiménides?

Como en el Saint Genet (gêne: molestia) de Sartre, cada uno es como una hoja que se siente leida en voz alta que no entiende lo que se dice de ella y no puede leerse a sí misma. Raíz de lo traumático del sinsentido y del núcleo de ingenuidad, de sinceridad imposible que hace que la autenticidad caiga y se recupere sólo de lo podrido, de lo traicionado, dice Sartre. Con responsabilidad.

A contrapelo de la infancia, se puede leer el fracaso de los signos, desde el dolor y desde lejos, hecho poema:

 

“para leer la escritura, cuyos signos

desde la infancia habías grabado lentamente en ti,

intentando de tiempo en tiempo formar con ellos

una frase: y te parecía siempre sin sentido.

Lo sé, lo sé: tú te tendías allí palpando

las ranuras igual que si palparas

la inscripción de una tumba. Cualquier cosa

te parecía arder, la tomabas por antorcha

iluminando ese renglón, mas la llama se extinguía

antes que lo abarcaras, quizás con tu aliento,

quizás por el temblor de tu mano, acaso

por sí sola, como a menudo se extinguen las llamas.

Nunca lo has leído. Pero nosotros no osamos leer

a través del dolor y desde lejos.

Rainer María Rilke, “Requiem por Wolf…”

 

O en las metamorfosis de la alegoría:

La alegoría en cuanto signo que se hurta claramente al significado ocupa su lugar en el arte como contrapartida de la apariencia bella, en la que el significante y el significado se funden entre sí. Si la alegoría pierde su carácter esquivo, pierde su autoridad. Es el caso de la pintura de género. Éste da «vida» a las alegorías, que ahora, súbitamente, empezarán a marchitarse como flores. Sternberger ha tocado este tema ( Panorama. (Hamburgo, 1938), p. 66): “la alegoría, que parece haberse vuelto viva, que  ha entregado su duración y su rigurosa validez por el plato de lentejas” de la vida aparece con razón como creación del género. En el Jugendstil parece iniciarse un proceso inverso. La alegoría vuelve a ser más esquiva (J83 a, 3).  p.380, “Apuntes y materiales; Baudelaire”.

Benjamin, Pasajes.

 

Por último, cabe la lectura de la “lógica de las transformaciones” (Ferrater Mora y Safouan). Impuesta por el estructuralismo y sus “pos” o sus poses, propone una lectura “estructural” de todo, y es el triunfo de la tecnocracia, totalitaria o fragmentaria, en el discurso. Si bien logró acabar en parte con los conceptos hipostasiados y metafísicos, llevó a una metafísica de la estructura, proclamada real puro, o “acontecimiento”. Sartre, tenía razón: es la última (?) resistencia contra el marxismo, y un refuerzo del fin de la historia como capitalismo absoluto, estructural, ahora catastrófico (Klein, Beck).

 

Entonces, contra el fin de la historia, nos gusta echar el guante de la retórica especulativa de Pascal Quignard:

 

“Nadie escucha su propia voz, que es un rostro. Nadie escucha su propio acento, que es un lugar. Nadie escucha la inflexión de su voz, que ofrece la tarjeta de presentación casi japonesa con el signo de pertenencia social al que apela por sus intenciones. Nadie escucha y todos obedecen a ese sonido, a ese acento, a esa inflexión que los guían. Nuestras quejas desenmascaran en nosotros un triste goce. Nuestras protecciones nos acusan. Nuestras fobias cuentan nuestra vida de manera más indecente y más directa que nuestros propios sueños. Nuestra ropa hace detalladamente una lista de nuestros héroes. Nuestros vicios delatan menos el régimen de nuestros placeres que la sombra de nuestros temores. Nuestro cuerpo no es más que el esclavo sometido a todos aquellos con los cuales se ha identificado, es decir, los tiranos familiares, muertos desde hace mucho tiempo, que en la medida en que están sepultados tiranizan más intensamente ese cuerpo que han generado, por el deseo que sentimos de repatriarlos en nosotros como en unas tumbas. Nuestra apariencia tiende sus cadenas a la dominación errante. Nuestra mirada lo dice todo y los anteojos negros todavía más. La máxima de Descartes, “Larvatus prodeo” (“Me adelanto enmascarado”), es una exhortación aún más imposible que la misma sinceridad, que nos resulta imposible a fuerza de ignorancia sobre nosotros mismos; exponer una máscara, en latín una persona, exhibe aún más sobre uno mismo en esa elección que la complejidad immediata. Nadie sabe lo que muestra cuando oculta. Apuleyo pone en escena a un hombre tan desgraciado que estalla en sollozos cuando su amigo le trae el recuerdo de una mujer que lo desea y de la cual tiene miedo. Debido a que cubre con su túnica remendada su cara hinchada de dolor, desnuda el resto de su cuerpo desde el ombligo hasta el bajo vientre.”

 

 

Soñar y estar despierto

No se puede soñar y estar despierto a la vez. Salvo en los momentos de entrada y de salida (hipnagógicos e hipnopómpicos) del sueño: allí es el espejo del yo, el fenómeno funcional de Silberer el que predomina. Una mise en abîme angustiosa, obsesiva o paranoica, en la hendidura de la subsunción del yo al mundo, donde va a perderse. Esa béance está suturada precipitadamente por los sofistas de retóricas perfectas, de los que el campo analítico y el ideológico está lleno: yo lo he leído todo, yo lo sé todo, yo lo explico todo. Yo diré

la verdad sobre la verdad: Lacan cede a esa tentación: la hace venir de afuera, como una alucinación, o una a-lacanización: “me piden que diga la verdad sobre la verdad” (no soy yo el que los engaño prometiéndola). Alunicemos, pues estamos perdidos (se alunizó en los 60, la bomba ya había explotado en la Tierra en el 45, el genocidio se perfeccionó hasta el paroxismo técnico en la guerra y los campos del 14 al 45). Vivimos ahora esa errancia, con el Dr. Insólito (“o como aprendí a no preocuparme y amar la bomba”, deliciosa película de Stanley Kubrik/Peter Sellers). Errancia del símbolo en la época de la globalización arrasadora. El trabajo del símbolo en esta época es de una penuria extrema para quien Freud llamó un Kulturtrager, un Kulturmensch, y Lacan consideró el alto oficio del símbolo en el analista (para tratar lo más bajo -Lorenzer) en esta insoportable precariedad del “ser”, arrasado por la mentira.

[1] Permítasenos este juego de palabras: si Lacan parodió la perversión como versión del padre, siendo ambas, la del padre y la de la madre, funciones simbólicas (parentalidad en general, parents, como dicen los franceses), aunque no simétricas,  dado cierto predominio de la madre en algunos discursos, ¿por qué no hablar de merversiones, versiones de la madre?: “más versiones”, parodiando el Mehrlust (plus de gozar de Lacan), a su vez parodia del Mehrwert, la plusvalía de Marx, verdadero fundamento del lazo social actual.

Me cuentan que alguien muere, simbólicamente, aplastado por un cajón de verdura, como los dólares, verde mierda. Se trabaja. Versiones entonces también de la mierda, merde, en tanto el fetichismo del dinero y la mercancía roza la analidad… A veces, lo que el Psicoanálisis reprime, metaforiza, es la Economía política y lo que ésta metonimiza es el Psicoanálisis. Se entendería así que no pueda haber una teoría única de los dos campos, que se intrincan. – “Más, madre, mierda”-: sin dios, sin padre, sin valores, en la escupidera general de la plusvalía el niño del sistema aprende el valor del dinero, se merca, se marca. (Adolescente, “transa”. Adulto, degrada. Viejo, es “patético”.  Y otras variantes) Hay que hacer fuerza con lo único que garantiza que los otros hagan algo, por fuerza: el dinero, un puro símbolo firmado por el director del Banco Central, o el Presidente del Tesoro, un resabio del padre, aunque en “general” es un renegado de todo, burócrata del olvido: en realidad puro síntoma de la sociedad anónima, en jauría, en horda retrogradante: maffia.

Alguien decía que en la cultura hay dos prohibiciones: la del incesto y la del asesinato del padre. Más bien son la del incesto y la del dinero: el padre ya asesinado en el mito fundamenta retrospectivamente la prohibición de la cultura, según Freud y Lacan, no al revés.  Más allá de ese asesinato patriarcal, y del matricidio, que podría ser previo, según Bachofen y lxs feministas, el genocidio es aún más básico en la cultura: el ser humano define su humanidad por exclusión genocida, del genus: por la muerte de lo humano, por lo in-humano. El dinero es el significante obligatorio que preleva y anula todo lo existente, y está prohibido considerarlo como mero papel. Si no, considérenlo en su bolsillo, y piérdanlo. O sean robados. O pregúntenselo a los que son bombardeados y expulsados por el lucro sin límite en una de sus variantes: el oro negro, el petróleo. O tantos otros.

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